(18 de septiembre 2013)
Erase una vez YO que iba caminando por la vida sin prestar mucha atención a mi alrededor. De pronto se me cruzó una flor. Era la flor más bonita que había visto, no se parecía a ninguna flor conocida, desde lejos se notaba que tenía algo especial. La miré largamente, pues quería saber a quién le pertenecía algo tan hermoso, pero nadie se acercaba. Pasado un rato decidí acercarme, pensando en que seguramente la flor me ignoraría por completo, pero tenía que verla desde más cerca. Me fui moviendo con sigilo hasta llegar a su lado, como supuse ella ni siquiera lo notó. La briza movía sus pétalos y se desprendía de ellos un aroma dulce, me acerqué un poco más y esta vez ella sonrió y el mundo dejó de girar, créeme, ¿no lo sentiste tú? Es porque no estuviste ahí. Y la flor me miró, me sentí entre feliz y triste, porque me miraba pero bajo la luz de esos ojitos perlados fui consciente de cuán común puedo llegar a parecer. Preguntó mi nombre y así comenzó todo.
La flor no le pertenecía a nadie, porque nadie había sabido cuidarla y valorarla, me contó de los que no la valoraron y los odié, me contó de otros que intentaron arrancarla de su jardín y los odié, contó que otros incluso intentaron marchitarla, a esos los odié más aún. No entendía cómo algo tan precioso podía ser objeto de daños. Y me juré que si algún día tenía una flor como aquella la amaría como no había amado nunca.
Bendita mi suerte un buen día la flor me regaló un beso, dulce néctar de dioses del Olimpo, si hubiese sido veneno moría feliz cien veces. Me pidió que tomara su mano, la tomé y una espina se alojó entre mis dedos, dolió pero nada importaba porque la flor estaba comenzando a ser mía. Entendí porqué Antoine de Saint-Exupéry describió tan perfectamente el fervor con el que el principito amaba a su rosa, la rosa única en el mundo. Mi flor sí que era única, no habría nunca una como ella.
Otro día la flor me dio un abrazo y más espinas se clavaron en mi cuerpo, pero yo la abracé más fuerte aún. La flor y yo íbamos juntas a todos lados, me llevó a su jardín y ahí era incluso más hermosa. A veces su tallo cambiaba de color y entonces yo me acercaba a ella hasta lo imposible, a pesar de sus espinas que cada vez eran más.
Pasó el tiempo y comencé a llorar por la flor, era tan única en su especie, ninguna flor tenía tantas espinas y hacía tanto daño. Pero la amaba tanto, quería cuidarla como el principito a su rosa. Dolía, pero me dije a mi misma que ella lo valía. A veces sentía que yo a la flor no le importaba. Para mi solo existía ella y a ella en cambio le gustaba rodearse de comunes como yo y ser admirada y seguía con su discurso de que nadie la había amado y valorado. Pero yo la amaba y la valoraba a pesar de que ya no quedaba espacio en mi cuerpo libre de sus espinas.
Fue así como comprendí que en realidad era ella quien no amaba y valoraba, era ella la que compartía su jardín de forma efímera y sabía de sus espinas pero aún así se vestía con ellas y pedía que la tocaran, el cambio de color de su tallo lo habían visto muchos ojos, su jardín era una trampa de arenas movedizas y su néctar estaba en los labios de muchas personas. Entendí porqué algo tan hermoso no pertenecía a nadie, porque no era digna de amor.
Entendí de golpe y aún así me sentí tentada a quedarme, pero también comprendí que la común única era yo y que la flor tan preciosa no me merecía. Era única en su especie, en eso no erré, pues nunca he visto otra tan peligrosa como ella. Si algún día la encuentras no te dejes deslumbrar, huye en cuanto muestre la primera espina, detrás de esa vendrán miles.
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